Es una botella de vino que ha cobrado vida propia, o es un hombre que se ha convertido en vino – pensó.
Hacía varios minutos que contemplaba el antiguo cartel de neón y no lograba decidirse.
Un brusco empujón lo obligó a bajar la vista.
- Disculpe - dijo un hombre de mediana edad y cejo fruncido que siguió caminando a paso apurado.
Era la cuarta persona que tropezaba con él, y la segunda que se disculpaba.
Siguió con la mirada al hombre de traje gris y maletín. Como los anteriores, caminó unos metros más hasta bajar unas escaleras y perderse en la oscuridad.
Un gran rombo de borde rojo e interior blanco señalaba el lugar donde había desaparecido aquel hombre. Empezó a caminar en dirección al rombo rojo. Al acercarse pudo ver en su interior un rectángulo azul que en letras blancas tenía escrito la leyenda “Metro”. Debajo colgaba un letrero, al leerlo no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro.
- Estoy en la mismísima Puerta del Sol –dijo en voz alta, aunque nadie pudo oírlo.
El incesante andar de gente yendo y viniendo en todas direcciones parecía haberse detenido momentáneamente. En ese instante nadie paso cerca de él para capturar el mensaje. Sus palabras se ahogaron en el aire. El único testigo de su presencia ahí era el aire mismo.
Vió una fuente a pocos metros de la salida del metro. Como si fuera una gran regadera, la fuente disparaba ráfagas de agua en todas direcciones. Se acercó a la fuente y dejó que las gotas paulatinamente lo humedecieran.
Ese quince de Marzo la primavera quería demostrar su inminente llegada, estaba dispuesta a torcerle el brazo a un otoño en franca retirada.
Un poco mas aliviado pero cansado, se dejó caer en el único banco que había libre alrededor de la fuente.
Delante de él un edificio con un gran campanario ocupaba el centro de la escena. Supuso que debió haber sido un palacio o algo por el estilo. El reloj debajo del campanario marcaba las dos en punto de la tarde.
Abrió su mochila y sacó una botella de agua y un pequeño cuaderno. Bebió un poco y la guardó. Se quitó el sudor de la frente con su mano izquierda y respiró profundamente. Necesitaba ordenar sus pensamientos.
Se repitió una y otra vez que no había vuelta atrás, ya había enviado la carta y ahora debía esperar las consecuencias.
Se sintió culpable de lo perverso que había sido. Todo había sido premeditado. Hasta el más mínimo detalle. Ni siquiera podía justificarse que lo había decidido cuando había arribado a Madrid tres días atrás.
A pesar que la carta la había escrito y enviado esa misma mañana, esa carta se había empezado a escribir en Buenos Aires hacia ya bastante tiempo.
La carta fue un recurso desesperado, el último pedido de ayuda antes de caer al abismo. Pero aun así sabia que no debía haberla enviado, su reclamo era injusto, sabía que no tenía derecho a nada, pero la razón parecía haberlo abandonado. En su lugar un dolor en plena expansión empezaba a gobernarlo.
En un par de horas más la carta seguiría rumbo al norte. Mañana llegaría a su destino una pequeña ciudad muy cercana a la frontera con Francia.
El tiempo se había acabado.
Sintió un nudo en la garganta, volvió a tomar un poco de agua y abrió el cuaderno.
Miró el número de teléfono remarcado en rojo, pensó en llamar e intentar nuevamente aclarar las cosas pero se contuvo. Algo en su interior le decía que era mejor dejar las cosas como estaban. Quisiera o no todo era parte de su pasado.
Se esforzó en pensar en algún grato recuerdo. Después de un rato se dio cuenta que era más difícil de lo que pensaba, pero algo tendría que aparecer.
Lo primero que le vino a la mente fue la chica que había conocido en el aeropuerto. Era muy bonita y tenia una sonrisa que podía derretir un glaciar en pleno invierno. Se conocieron haciendo la fila para abordar el avión y no se despegaron durante las trece horas y 11549 km siguientes. Viéndolo en perspectiva, le pareció gracioso como se cuidaban, como se sostenían los documentos y las valijas cuando alguno lo necesitaba, algún distraído incluso pudo haber pensado que eran una pareja de recién casados iniciando una luna de miel soñada en Europa.
Nada más lejano, el puro azar los había unido.
Al llegar a Barajas se despidieron, a ella la esperaba su familia, a él Madrid y un par de sueños. El azar los había unido y Madrid los había separado.
Miró el reloj nuevamente, eran las tres menos cuarto de la tarde, hora de seguir. Madrid era un lugar demasiado grande y el tiempo en la ciudad se agotaba.
Siguió caminando y se cruzó con un árbol y un oso de metal. Los observó con especial interés durante un buen rato. Se preguntó como un oso tan grande podía apoyarse en un árbol tan pequeño sin derribarlo. Llegó a la conclusión que no importaba, lo que hacía interesante al arte era que no tenía que regirse por ninguna regla ni siquiera leyes físicas.
Pensó que a veces algunas reglas deberían romperse y siguió caminando.
Había decidido pasar la tarde en Plaza Mayor. Pensó que un bocadillo de jamón serrano y una gaseosa bien fría no le vendrían nada mal.
Los negocios con souvenirs de todo tipo lograron distraerlo por un rato. Siguió caminado. Estaba próximo a Plaza Mayor cuando sucedió.
Era ella y su sonrisa. Su sonrisa y ella. La única persona que conocía en Madrid venia caminando en dirección a él.
A partir de ahí todo fue distinto.
Le dijo gracias al azar, por hacerse presente y estar de su lado en Madrid .
Era el final de una historia y el comienzo de otra muy diferente.
Génesis
Hace 17 años
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